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XIV

Ni rabia, ni tristeza, ni agonía. Amoral. Actúo por inercia, libre de cualquier cadena. No existen los límites.
No me veo reflejada en todos aquellos llantos que te regalé durante mil y una discusiones, ni en los lamentos por un quédate, por favor, ni siquiera en la paciencia de aguantarte. Siento que esa parte mía se ha desvanecido con el frío de la relación, que lo que he podido quererte y odiarte se ha quedado atrás, olvidado en un baúl que no deja de chillar tus recuerdos. Este vacío interno se manifiesta con la libertad de ser cómo quiera. Sin restricciones. Otra vez, amoral. Sin condiciones.
Aquí y ahora, nos hemos cambiado los papeles. Tú sufres, tú lo ves ahora: estás solo. Tú eres desesperación, el niño que llora al ver que su periquito huyó de las rendijas de su jaula. Vacío. Sin poder continuar. Me pregunto qué va a ser de ti, qué vas a hacer ahora que no estoy o que ya no siento lo mismo. Si te arrepentirás 20 veces y errarás otra más al verme y tratar otra oportunidad absurda. Puede que sea yo la que está ciega, de verlo tan claro todo o no ver nada. Pero cierto es que mis sentimientos hacia ti han cambiado. No son materia, no se transforman: se destruyen.
 
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